La coyuntura económica exige, con urgencia, decisiones que reactiven el crecimiento, fortalezcan la inversión y devuelvan dinamismo a una economía que lleva varios años mostrando un desempeño con tendencia a la baja. En ese contexto, cualquier modificación que afecte directamente al impuesto de primera categoría debe ser analizada no solo como un ajuste tributario, sino como una decisión estratégica.
Uno de los principales problemas del esquema actual es que incentiva las decisiones tributarias por sobre las productivas. Cuando la carga impositiva adquiere una magnitud relevante, las empresas tienden a priorizar la optimización tributaria antes que su productividad.
Ahora, si a esto le sumamos el aumento de los costos de cumplimiento y un entorno que, en la práctica, podría favorecer la evasión estamos en problemas. Pero no solo ahí hay que poner ojo.
La actual estructura tributaria también afecta la competitividad internacional del país. Y es que, hoy, resulta más caro invertir en Chile que en otras economías y si no mostramos suficientes ventajas competitivas, el resultado será obvio: se desincentiva la inversión.
El rezago en formación de capital fijo es una señal clara de este fenómeno. La falta de nuevas infraestructuras relevantes -calles, puertos, hospitales o plantas productivas- refleja una economía débil, donde la inversión no está retornando con la fuerza necesaria.