Prat, el deber y la hora del Senado Hace pocos días recordamos la gesta heroica de Arturo Prat en Iquique. Un hombre que, sabiendo que su vida corría grave peligro, eligió morir con honor antes que arriar la bandera.

No fue solo un acto militar, sino la expresión más pura de un patriotismo que antepuso el deber y el bien común por sobre el cálculo personal. Su arenga “la contienda es desigual, pero ánimo y valor (…) mis oficiales sabrán cumplir con su deber”, resuena hoy con especial fuerza.

Qué contraste con la estatura moral de un número no menor de nuestros “honorables”, más ocupados de sus trincheras ideológicas, de intentar dañar al adversario político, de eslóganes que generen algún aplauso fácil y de conveniencias electorales, en vez de atender los problemas reales de los chilenos que continúan sin respuestas de su parte. Hacer lo que corresponde.

Un buen líder siempre busca lo mejor para su gente, por sobre sus preferencias personales y lo que digan las encuestas. Eso separa a quien administra de quien verdaderamente gobierna: reconocer errores; ajustar un gabinete sin lógicas partidistas ni tiempos políticamente correctos; ejecutar recortes presupuestarios ministeriales reales; sincerar los precios de los combustibles para asegurar la sostenibilidad fiscal; avanzar en la recuperación del control territorial en zonas complejas como Temucuicui, con todos los riesgos asociados; comprometer un plan ágil y serio de reconstrucción y viviendas sociales; intervenir el corazón de los problemas de Codelco enfrentando a diversos grupos de presión; además de impulsar una reforma legislativa que termine con la maraña ideológica que frenó el crecimiento, estancó los salarios y nos dejó con la actual crisis de empleo.

Eso es valentía. Eso es carácter.