RomanSpace, desde México . El día que el suelo se movió Antes de convertirse en deporte obligatorio para generaciones de estudiantes de jazz, antes de transformarse en el estándar con el que se mide la sofisticación armónica de cualquier músico que aspire a ser tomado en serio, Giant Steps de John Coltrane fue, en el momento preciso de su grabación, una escena de desconcierto.

No el desconcierto vulgar de quien llega sin preparación a una audición, ni el desconcierto vergonzoso del amateur que subestimó la dificultad del material. Fue algo más interesante, más perturbador y, a la larga, más instructivo: el desconcierto de un músico mayor, Tommy Flanagan, que se encontró de pronto habitando una lógica que todavía no pertenecía del todo al vocabulario común de su tiempo.

Flanagan no era un músico menor. Era uno de los acompañantes más requeridos de su generación, parte de ese grupo de pianistas de Detroit que definieron buena parte del sonido del hard bop durante la segunda mitad de los cincuenta.

Había grabado con Sonny Rollins, con Kenny Burrell, con Coltrane mismo, en sesiones donde la demanda técnica y armónica era extraordinariamente alta. Cuando entró al estudio de Van Gelder en Hackensack, el 4 de mayo de 1959, no lo hizo como un invitado de cortesía ni como músico de segunda llamado a completar una formación.

Lo hizo como parte de un equipo en el que Coltrane confiaba. En el que todos habían demostrado ya, en múltiples contextos, que podían sostener la presión de una sesión exigente.