El próximo septiembre se cumplen once años desde que Abraham Pichara murió y dejó en manos de sus hijas el emporio de belleza que había construido. Sus herederas, Valentina, Javiera, Belén y Amani, rondaban los 25 años en ese momento. No eran el perfil que el mundo empresarial chileno acostumbraba a imaginar para dirigir una compañía de esa envergadura: jóvenes, mujeres, mediáticas. Pero lo hicieron igual.

Hoy las hermanas Pichara son uno de esos fenómenos que la cultura chilena genera sin darse cuenta: figuras públicas que trascendieron el emprendimiento para volverse referentes de internet. Sus seguidores las comparan con el clan Kardashian, la familia estadounidense que transformó la vida personal en marca global. La analogía tiene cierta lógica: belleza, cohesión familiar, presencia permanente en redes y un negocio que las une. Pero las Pichara tienen algo que las Kardashian no: el peso de haber asumido una empresa en pleno duelo.

"Fue todo supercomplicado porque la enfermedad de mi papá la diagnosticaron alrededor de 8 años antes de su fallecimiento, pero no sabíamos cuál iba a ser el final de todo", relató Javiera Pichara en una entrevista con BioBío Chile. Su padre fundó la empresa que lleva el apellido familiar. Junto a su esposa Francisca Guerrero, siempre integró a sus hijas al negocio. Cuando la enfermedad avanzó y él ya no pudo seguir el ritmo cotidiano, Javiera y su hermana mayor Valentina ya estaban involucradas de lleno en la operación.

El día que Abraham falleció, las hermanas tomaron una decisión que ningún manual empresarial habría prescrito: congelar sus estudios universitarios para hacerse cargo de la empresa a tiempo completo. "No podíamos estar estudiando de día y trabajando. No era compatible manejar completamente la empresa y estudiar", explicó Javiera. La compañía ya contaba entonces con un número significativo de colaboradores. No había margen para la indecisión.

De ascendencia palestina, las hermanas también han alzado la voz frente al conflicto en la Franja de Gaza, manifestándose a favor de la causa palestina y de la paz en la región. Esa dimensión identitaria convierte su historia en algo más que una narrativa de éxito empresarial: es el relato de una familia que lleva consigo la diáspora árabe en Chile, comunidad con presencia significativa en el comercio y la cultura nacional.

La empresa familiar sobrevivió al momento más difícil, y sus herederas siguen al frente más de una década después. Las cuatro hermanas mantienen un perfil activo en redes sociales, con una comunidad que no deja de crecer, y se han convertido en voces de la causa palestina dentro de Chile.