Apenas caído el telón de la selección uruguaya en el Mundial 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, Diego Lugano tomó el micrófono en Telemundo, donde trabaja como comentarista, y cargó contra Marcelo Bielsa. El exdefensor central que capitaneó a la Celeste por años tenía los reproches listos.

"La decepción, ¿no? La tristeza que siento también. Por los jugadores, porque dejaron todo, pero no tuvieron la oportunidad de pelear de igual a igual con otras selecciones, porque no tuvieron un entrenador que los guiara por buen camino. Cambios inentendibles, tácticas inentendibles", dijo Lugano, y remató con lo más duro: "Bielsa nunca entendió dónde estaba. Los jugadores nunca entendieron a Bielsa".

La postura de Lugano no sorprende. Desde que Marcelo Bielsa, el entrenador argentino nacido en Rosario que dirigió a la selección chilena entre 2007 y 2011, llegó a Montevideo, el exzaguero se erigió como defensor de la identidad futbolística uruguaya, esa que siente amenazada por el estilo bielsista. La disputa va más allá de la táctica: toca el alma de un fútbol construido sobre la garra y una tradición que no se deja fácilmente reemplazar.

El reproche alcanzó también a los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). "Un gran error de la Asociación uruguaya haber llegado al Mundial con Bielsa, prisioneros de un contrato millonario. Esa es la verdad. Y en la cancha se paga", sentenció.

Pese al tono encendido, el exdefensor reservó sus palabras más compasivas para los jugadores. "Me apenan, porque cuando el ambiente es complicado, cuando no tenés una estructura de entrenamiento como tus rivales ni energía para competir de igual a igual, quien sufre las críticas es el jugador", señaló.

Uruguay llegó al torneo con expectativas altas, respaldadas por una sólida campaña en las Eliminatorias de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) y varios futbolistas actuando en los principales clubes europeos. La eliminación abre ahora un debate urgente sobre el rumbo del fútbol charrúa: la AUF deberá decidir, con premura, quién toma las riendas de un equipo con talento, pero sin conducción.