En 2024 afrontábamos el cierre de Huachipato con una mezcla de preocupación y resignación. La planta llevaba más de setenta años operando en Talcahuano, más de 20 mil personas dependían de ella directa o indirectamente y el mercado, con su habitual frialdad, premió la decisión de CAP con un alza de 6,6% en el precio de sus acciones el mismo día del anuncio.

Recientemente, nos hemos enterado de un acuerdo vinculante entre AZA y CAP para reflotar la operación en la planta de Talcahuano, pero ¿qué significa esta alianza para la Región del Biobío, más allá de los titulares financieros? Lo que se está gestando no es la resurrección del antiguo Huachipato.

El CEO de CAP, Nicolás Burr, fue claro al respecto en una reciente entrevista, explicando que es un modelo productivo distinto. La diferencia no es menor.

La planta histórica era una acería integrada que partía con coque, pasaba por un alto horno y procesaba mineral de hierro en múltiples etapas antes de llegar al producto final. Ese proceso, intensivo en energía y emisiones, era también lo que hacía a Huachipato vulnerable frente al acero chino, cuya competitividad descansa, entre otras cosas, en regulaciones ambientales y laborales significativamente más laxas que las nuestras.

El nuevo modelo gira en torno a un horno de arco eléctrico que funde chatarra ferrosa, esto es, acero reciclado proveniente de autos en desuso, maquinaria y otros residuos metálicos, por lo que las primeras tres etapas del proceso tradicional desaparecen. Las emisiones caen de forma sustancial, sobre todo si la energía que alimenta el horno proviene de fuentes renovables.