Los primeros años fueron los de cualquier inmigrante joven: residencias compartidas con chilenos, la construcción lenta de una red de afectos y el aprendizaje de que estar en un paÃs ajeno exige una tolerancia activa. “Uno va con la guardia alta porque teme que te discriminen”, cuenta.
Hubo momentos incómodos, como con las Malvinas: “A veces intentaban pincharte con eso, recalcarte que Chile fue un traidor”, recuerda. Juan Pablo aprendió a responder con calma, a entender el contexto, a no tomarlo como un ataque personal aunque en el fondo le doliera.
“Yo no tengo la culpa de decisiones que tomaron otros antes de que yo naciera y que, sinceramente, no comparto”. Lo que más le costaba no era el debate histórico, sino la incomodidad de tener que responder por algo ajeno, de cargar con una culpa colectiva que no sentÃa suya.
Hay algo más que lo enamoró de Argentina y que hoy ve reflejado en sus propios hijos: la cultura deportiva. “Cómo se fomenta el deporte en la niñez acá es tremendo”, dice.
Desde chico, el deporte en Argentina no es un extracurricular, sino parte de la identidad. Sus hijos crecen con eso en el cuerpo, con la camiseta celeste y blanca, con el Mundial ganado todavÃa fresco en la memoria colectiva.