La pantalla vuelve a poblarse de clásicos literarios, de Hamnet a Cumbres borrascosas y el reciente Frankenstein, y con ello renace la discusión sobre si adaptar es traicionar o reinventar. Lo que está en juego no es solo la lealtad al texto, es la tensión entre dos lenguajes que no siempre hablan el mismo idioma estético ni ético.
Luis Buñuel, director español que trabajó buena parte de su carrera en México, ya lo resumía con ironía: a veces es mejor escoger una mala novela para evitar el lastre creativo que impone la gran literatura. Buñuel convirtió Belle de jour, novela de Joseph Kessel, en un film que hoy sigue estudiándose, y sin embargo su versión de Tristana, basada en Benito Pérez Galdós, dejó inquietudes literarias sin explorar. Ese ejemplo histórico sirve para pensar por qué la adaptación sigue siendo un campo minado.
En el presente, esa fricción vuelve a aflorar. En una entrevista con El País Semanal, el director español Oliver Laxe señaló la necesidad de trascender los esquemas narrativos deudores de la literatura, una crítica dirigida sobre todo a muchos productos de las plataformas de streaming, como Netflix, que optan por estructuras demasiadas fieles al molde novelístico. Sus palabras provocan una pregunta obvia: ¿se busca en el cine la esencia de la novela o su mera superficie?
El caso de Guillermo del Toro ilustra el dilema: su reciente Frankenstein amplifica el aparato visual hasta hacerlo protagonista, y al mismo tiempo reduce algunas de las preocupaciones filosóficas y morales que Mary Shelley puso en el corazón de su novela. La película funciona como espectáculo y como reflexión estética, pero plantea si la traducción a imagen exige renuncias temáticas.
Algo parecido ocurre con ¡La novia!, filme dirigido por Maggie Gyllenhaal, que reutiliza elementos de la tradición shelleyana para montar un artefacto metanarrativo situado en el Chicago de los años 30, según la promoción. Allí Mary Shelley aparece como figura dentro de la trama, y la película se mueve entre la adaptación literal y la reescritura libre, más interesada en la resonancia contemporánea que en la reproducción fiel del texto original.
Detrás de estos ejemplos hay una tensión estructural: la novela permite extensiones interiores, monólogos y capas temporales que el cine, con su necesidad de imágenes y ritmo, traduce a símbolos, gestos y montajes. A veces la adaptación triunfa al transformar ese material en algo propio, otras veces se siente como un insulto para lectores que esperaban la extensión emocional que solo la palabra escrita puede ofrecer.
Para América Latina y para Chile este debate tiene matices adicionales. Nuestra tradición de leer la novela como espacio de memoria e identidad choca con un cine comercial globalizado que prioriza impacto visual. Al mismo tiempo, hay ejemplos latinoamericanos que demuestran soluciones creativas, cuando directores y guionistas buscan una voz cinematográfica que dialogue con el texto sin quedar prisionera de él.
No hay receta única. Las adaptaciones pueden ser acto de homenaje, ejercicio de violencia artística o pista de aterrizaje para nuevas lecturas. Lo seguro es que cada versión revela más sobre la época que la produce que sobre la obra original: por eso conviene mirar estas películas como conversaciones culturales, no solo como comprobantes de fidelidad.
El futuro de las adaptaciones dependerá de si cineastas, escritores y público aceptan que la traducción entre lenguajes es también una forma de creación. Mientras tanto, las salas seguirán recibiendo reescrituras, y con ellas el viejo y fecundo debate entre palabra e imagen.