Madrid, una ciudad de miles de toneladas de granito La capital se ha convertido en un paisaje mineral continuo: plazas duras, aceras extensas, rotondas pétreas, enormes superficies impermeables Cambiando el arranque de Hijos de la ira, del poeta Dámaso Alonso, Madrid es una ciudad de miles de toneladas de granito. No existen, desde luego, últimas estadísticas.
Basta la contemplación diaria. Plazas, aceras, muros, edificios, rotondas, bancos, bordillos.
Casi todos los elementos que construyen el “lego” de una urbe. En los tiempos de Felipe II y Felipe IV la lógica residía en que era la piedra que se extraía de las cercanas canteras de la Sierra del Guadarrama, y El Monasterio de El Escorial fue el modelo arquitectónico de un imperio.
Pero no es solo una cuestión material o estética, sino profundamente cultural. El granito, más allá de su origen en el Guadarrama, ha sido durante la historia el soporte de una idea de ciudad sólida, institucional y permanente.
Desde el franquismo —donde transmitía durabilidad y poder— hasta la democracia, en la cual se ha reinterpretado como material “noble” y supuestamente atemporal, su uso ha persistido casi sin cuestionamiento. Sin embargo, ese paradigma, matiza Andrea Buchner —directora de los talleres del estudio de arquitectura RCR (Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta), los únicos, junto con Rafael Moneo, ganadores del premio Pritker, el galardón más importante al que pueda optar una oficina de esta profesión— empieza a mostrar sus límites.