El precio de gobernar solo DIEGO BACIGALUPO Director de empresas Pasé muchos años en el mundo corporativo. Ahí me formé y fui testigo de cómo buenos directorios son generadores de valor insustituibles.

Actúan de forma colegiada, lo que obliga a una deliberación concienzuda; identifican riesgos, evalúan impactos y protegen el interés social bajo un deber de diligencia y lealtad cada vez más exigente. A diferencia de otras jurisdicciones, la Ley de Sociedades Anónimas chilena no contempla la business judgment rule del common law: la presunción de culpabilidad del artículo 45 invierte el peso de la prueba y ha extremado el rigor con que los directores deben operar.

Más allá de si es razonable nuestro marco legal en esta materia, el director profesional ha debido crecer en sofisticación, y su estándar ha tenido un impacto en la prolijidad con que se gobiernan las empresas en Chile. Hace dos años inicié un nuevo camino como independiente y he dedicado parte importante de mi tiempo a acompañar empresas pequeñas y medianas.

Algunas son startups, lo que me llevó a conocer mejor el mundo del venture capital. Una clase de activos que congrega inversionistas fundamentales para Chile: sin su compromiso, sería difícil empujar la frontera del emprendimiento y la innovación.

Pero el venture capital requiere audacia. Según Shikhar Ghosh de Harvard Business School, tres de cada cuatro startups nunca retorna el capital invertido, y en uno de cada tres casos los inversionistas lo pierden todo.