Muchas personas atesoran ropa heredada de sus abuelos, pero, seamos honestos, difícilmente nosotros le heredaremos a nuestros nietos una chaqueta. ¿Tenían antes clósets más grandes para rotar y cuidar sus prendas?
Todo lo contrario. Pensemos en Isabel la Católica: según los guías del Alcázar de Segovia, la mujer más poderosa del siglo XV poseía solo tres vestidos; el resto eran enaguas.
Su reducido guardarropa no era producto de un afán de sencillez, sino que la producción previa a la Revolución Industrial era manual, lenta y diseñada para durar. Un escenario diametralmente opuesto al actual, donde la producción global alcanzó los 150 mil millones de prendas solo en 2023, como señala Emily Chan, editora de sostenibilidad de British Vogue.
Este salto no es casualidad. Desde 1800, la población mundial pasó de 983 a más de 8 mil millones de habitantes, y el PIB per cápita global escaló de 1.500 a 21.400 dólares.
Ante miles de millones de personas con mayor poder adquisitivo, el mercado aceleró su matriz productiva. Si bien la producción en masa mejoró nuestro estándar de vida, consolidó un modelo económico lineal basado en «extraer, fabricar, usar y tirar».