Tenía que participar en el consejo de curso, en el centro de alumnos, en actividades visibles para que nadie sospechara. Gustavo Hermosilla, fundador y hoy presidente del directorio de Acción Gay, organización LGBTQ+ chilena, describe así los mecanismos de camuflaje que lo mantuvieron a salvo durante una adolescencia en la que ser homosexual era un delito penado con cárcel.

Este sábado, Hermosilla y quienes vivieron esa misma historia encabezarán la primera línea de la Marcha del Orgullo, en reconocimiento a la generación que construyó el movimiento desde la clandestinidad y bajo la amenaza permanente del Estado.

El artículo 365 del Código Penal chileno, redactado en 1875, sancionaba con prisión las relaciones sexuales consentidas entre hombres. Sobre ese marco legal se instaló la dictadura, que convirtió cualquier disidencia, sexual o política, en peligro cierto. En ese entorno creció Hermosilla, en los primeros años de la década de 1970, sintiéndose diferente sin tener lenguaje para nombrarlo ni nadie con quien compartirlo.

"¿Por qué me tocó a mí esto? ¿Por qué soy diferente?", recuerda haberse preguntado. La respuesta que encontró no fue para responderse, sino para sobrevivir: sobreactuar la normalidad hasta hacerla creíble. "Parafraseando a Lemebel, yo creo que es difícil que algún homosexual mayor pueda decir lo contrario: uno tiene la espalda llena de cicatrices de la risa de los demás", dice, citando a Pedro Lemebel, escritor y cronista chileno que retrató como nadie la vida homosexual durante la dictadura y la transición, y cuya obra es hoy referencia fundacional del activismo LGBTQ+ en este país.

La estrategia del silencio no terminó con el colegio. Como administrativo en la Universidad Católica, Hermosilla trasladó el mismo sistema a su vida laboral. "Los gays nos hemos caracterizado por trabajar el doble para que nadie se fije en nuestra orientación", describe. El rendimiento como pantalla. La eficiencia como armadura.

En 1974, durante su último año escolar, la presión acumulada lo llevó a buscar a alguien en quien confiar. La persona elegida fue su profesor jefe, en Puerto Montt. La conversación terminó de una forma que resume bien la época: el docente, sin comprender el peso de lo que escuchaba, recondujo el encuentro hacia algo tan distante como ensayar una pedida de pololeo a una compañera de curso. "No era lo que yo estaba esperando. Ahí me di cuenta que él no entendía nada", relata.

A ese panorama se sumó, entrada la década de 1980, la crisis del VIH (virus de inmunodeficiencia humana). La enfermedad llegó al país con un estigma brutal: era conocida popularmente como "cáncer gay", y transformó la identidad homosexual en sinónimo de amenaza sanitaria, añadiendo una capa más de hostilidad sobre una comunidad que ya vivía en los márgenes.

La Marcha del Orgullo de este sábado convierte ese recorrido en acto político. Hermosilla, junto a otros adultos mayores LGBTQ+, abrirá la manifestación encabezando la primera línea, un reconocimiento a quienes resistieron cuando resistir tenía consecuencias concretas y la invisibilidad era la única forma de protección disponible.