Desde Chile, este proceso debe leerse bajo un principio simple: la relación bilateral no es coyuntural, es estratégica. La elección presidencial en Perú ha ingresado en su fase más estrecha y sensible.
Con un conteo prácticamente empatado entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, el paÃs enfrenta una definición que, más que un giro de sistema, refleja con nitidez su principal rasgo polÃtico contemporáneo: la división estructural del voto. Pero desde Chile, y particularmente desde el mundo empresarial, diplomático y financiero, la pregunta relevante no es quién gana, sino cómo debe interpretarse lo que está ocurriendo.
Un empate técnico dentro de un sistema que funciona De acuerdo con la información oficial de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), a las 17:26 horas del 8 de junio, Perú vivÃa una definición voto a voto. Roberto Helbert Sánchez Palomino, de Juntos por el Perú, lideraba el conteo con el 50,087% de los sufragios válidos (8.855.273), seguido muy de cerca por Keiko SofÃa Fujimori Higuchi, de Fuerza Popular, con el 49,913% (8.824.611).
Apenas 30.662 preferencias separaban a ambos candidatos en una elección de más de 17 millones de votos válidos, reflejando con nitidez la profunda paridad polÃtica que atraviesa hoy al paÃs. Este dato es clave: no estamos frente a una elección disputada por incertidumbre institucional, sino ante una elección extremadamente competitiva dentro de un sistema electoral que ha funcionado con normalidad técnica.
El punto crÃtico no es el resultado: es la gobernabilidad. El elemento más relevante de este proceso no es quién lidera el conteo, sino la consecuencia polÃtica del resultado.