Historia del drama de la primera infancia y el fútbol, la columna de Jorge Claro Nuestro principal drama educacional no comienza en la universidad ni en la enseñanza media. Comienza mucho antes: en la primera infancia.

Y Chile lleva décadas reaccionando tarde frente a una de las inversiones sociales y económicas más rentables que existen. Lo digo también desde una experiencia personal que todavía considero una de las mayores frustraciones profesionales de mi vida.

En mayo de 1975, recién nombrado asesor económico del ministro de Educación Arturo Troncoso, descubrimos algo impactante: mientras la educación superior absorbía más del 50% del presupuesto del ministerio, la Junji atendía apenas a 18.000 niños y ninguno pertenecía a los sectores de extrema pobreza urbana. Gracias a conversaciones con el doctor Fernando Monckeberg entendimos la enorme importancia de la estimulación temprana.

En menos de un mes propusimos estudiar un programa masivo basado en Centros de Atención Integral ubicados en los barrios más pobres del país. La idea era atender a 300.000 niños de 2 a 4 años en jardines infantiles con doble jornada, integrando activamente a las madres tanto dentro de los jardines como en el trabajo educativo en sus propios hogares.

Décadas después, investigaciones del premio Nobel James Heckman concluyeron que cada dólar invertido en primera infancia puede generar retornos superiores a siete veces su valor original gracias a mejores aprendizajes, mayores ingresos futuros, menos delincuencia y menores costos sociales. Alcanzamos a inaugurar dos jardines piloto y obtuvimos incluso la aprobación financiera del ministro de Hacienda Jorge Cauas para desarrollar el proyecto en diez años.