La guerra actual en Medio Oriente, o Asia Occidental, no es un conflicto que pueda explicarse solo desde lo militar o lo político. En realidad, es la acumulación de décadas de tensiones, donde lo que comenzó como una disputa por el programa nuclear iraní terminó transformándose en una confrontación mucho más amplia, con efectos globales.
No obstante, hay un elemento que muchas veces queda fuera del análisis y que es clave para entender lo que está ocurriendo: el factor religioso. Para algunos sectores más radicales dentro de los distintos bandos, esta guerra no es un error ni un fracaso diplomático, sino que responde a una lógica mucho más profunda, incluso profética.
Es decir, no se trata solo de intereses estratégicos, sino de creencias e incluso profecías El eje islámico: sunítas y chiítas Un primer elemento fundamental es la división dentro del propio islam. Para entenderla, hay que remontarse al año 632 D.C, tras la muerte del profeta Mahoma, quien logró reunir a casi todas las tribus del golfo en torno al Islam, no nombró un sucesor.
Esta disputa sobre quién debía liderar la comunidad musulmana terminó en una fractura mucho más profunda; los suníes y los chiíes. Por un lado los suníes, representan cerca del 87% del mundo musulmán, son mayoritarios en países como Arabia Saudí, Pakistán, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Catar, entre otros.
Creen que el liderazgo debía ser elegido por consenso. Además, creen en la adoración directa de Alá, para éstos la figura del Imán, un líder religioso es una figura ordinaria más y se han mantenido bajo el control del Estado.