Cambiar ministros no basta Esta semana el Presidente Kast terminó por reconocer que el problema de su gobierno no era simplemente de nombres, sino de pérdida de foco. La Moneda comenzó a erosionar demasiado rápido dos de los principales activos que explican su llegada al poder: la promesa de recuperar el orden frente a la delincuencia y el descontrol institucional, y la capacidad de conectar con las capas medias y populares mediante un relato simple y emocional.

La salida de Steinert y Sedini busca contener ese deterioro. No porque ambas expliquen por sí solas los problemas del Ejecutivo, sino porque terminaron simbolizando un gobierno disperso, reactivo y sin prioridades claras.

El problema nunca fue únicamente de resultados. Fue de conducción.

Kast ganó ofreciendo una idea extremadamente simple: Chile necesita volver a funcionar. Y esa promesa tenía un eje ordenador evidente —seguridad, autoridad y control— sobre el cual descansaban todas las demás agendas.

Pero el gobierno perdió rápidamente esa claridad. En vez de ordenar la agenda alrededor de la seguridad, terminó comunicando como una administración concentrada en déficit fiscal, ajustes y restricciones que jamás lograron conectar con el contrato emocional que había construido con el electorado.