Un estudio de la Universidad de Chile documenta que la transformación del paisaje en los valles agrícolas del Desierto de Atacama está empujando al picaflor de Arica, Eulidia yarrellii, y a otras especies nativas hacia la reducción acelerada de su hábitat. La investigación analiza cambios entre 2003 y 2019 y alerta sobre una homogeneización del territorio que afecta corredores ecológicos.

La pesquisa, titulada "Rapid land cover change in agricultural valleys of the Atacama Desert, Chile", fue publicada en la revista Arid Land Research and Management. Fue dirigida por los doctores Matías Castillo, investigador chileno del Laboratorio de Ecología de Vida Silvestre (LEVS), y Cristian Estades, académico chileno de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile.

Los autores combinaron análisis satelital con monitoreo ecológico para cuantificar cómo se ha modificado la cobertura del suelo. Detectaron que las mallas antiáfidos, empleadas en sistemas productivos intensivos, crecen a una tasa promedio anual de 24,7%, y que más de 1.400 hectáreas de suelos antes estériles o de vegetación diversa están hoy cubiertas por infraestructura agrícola intensiva.

Ese proceso, explican los investigadores, reemplaza paisajes abiertos y diversos por cultivos homogéneos con mayor uso de agroquímicos, lo que reduce la oferta de recursos y refugio para aves, reptiles, murciélagos e insectos. "Lo que observamos es un proceso de intensificación agrícola acelerada, donde se reemplazan sistemas productivos más diversos y abiertos por cultivos homogéneos, con mayor carga de agroquímicos y menor disponibilidad de hábitat para especies silvestres", señaló Matías Castillo.

Los valles del norte funcionan como islas biológicas rodeadas de desierto, por lo que la pérdida de parches de hábitat tiene un impacto mayor que en territorios conectados. La investigación asocia además la densidad poblacional y factores socio-territoriales con la velocidad de transformación del paisaje, lo que sugiere que decisiones locales y dinámicas de mercado inciden en la pérdida de biodiversidad.

Frente a ese cuadro, los autores insisten en que la ventana de oportunidad para el picaflor de Arica y su entorno no está cerrada. Proponen incorporar criterios de sostenibilidad en la planificación territorial, crear corredores biológicos que reconecten remanentes de vegetación y escalar iniciativas de restauración que ya se realizan en colaboración entre instituciones públicas y organizaciones de la sociedad civil.

La propuesta exige coordinación entre el mundo académico, municipalidades y ministerios, y políticas públicas que contemplen la conservación como parte del desarrollo productivo. Si no se actúa, el paisaje seguirá homogeneizándose y las especies endémicas de los valles del Desierto de Atacama perderán posibilidades reales de supervivencia. Los investigadores piden además mayor monitoreo y estudios que integren la voz de comunidades locales para diseñar soluciones territoriales efectivas.