âNo estoy dispuesto a comprometer la seguridad y la felicidad de nuestros hijos”, declaró esta semana el primer ministro británico al anunciar una ley que restringirá el uso de redes sociales para menores de 16 años. Con esa medida, el paÃs se sumará a Australia, Indonesia, Malasia y Francia, que ya cuentan con legislación en esa lÃnea.

Lejos de verlo como una tendencia ideológica, estos paÃses entienden la necesidad de una respuesta regulatoria frente a lo que cada vez más democracias reconocen como un problema. Si miramos a Chile, la preocupación atraviesa todo el espectro polÃtico.

En el Congreso se ha conformado una bancada por la protección digital infantil, mientras avanza la discusión de un proyecto de ley que busca restringir el acceso de menores de edad a redes sociales, plataformas en vivo, apuestas online y contenido pornográfico. Los datos ayudan a entender por qué.

Según un informe de la DefensorÃa de la Niñez, el 42% de los niños y adolescentes en Chile ha tenido contacto en lÃnea con personas que no conocen en la vida real, y el 40% ha sido contactado directamente por desconocidos a través de redes. Además, cuatro de cada diez estudiantes de 15 años han compartido desinformación sin saber que era falsa.

Las consecuencias conductuales son igualmente preocupantes. Las redes sociales y ciertos videojuegos están diseñados de manera tal que intervienen directamente en el sistema de recompensa del cerebro, generando alzas de dopamina âhormona asociada al placer y la motivaciónâ que, con el tiempo, reducen la capacidad natural de sentir satisfacción y empujan hacia una búsqueda cada vez más compulsiva de estÃmulos.