La investigación fue publicada en la revista Trends in Endocrinology & Metabolism de la editorial científica Cell Press y estuvo liderada por el Centro de Investigación Biomédica en Red de Diabetes y Enfermedades Metabólicas Asociadas (CIBERDEM), vinculado a la Universidad de Barcelona, en España. El trabajo analiza décadas de evidencia sobre cómo dos ácidos grasos comunes en la dieta, el palmítico y el oleico, actúan de forma opuesta sobre el metabolismo y el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
Durante décadas, las guías de nutrición pusieron el énfasis en reducir el consumo total de grasas para prevenir enfermedades metabólicas. Este análisis propone un giro en esa lógica: la calidad de la grasa que se consume importa más que la cantidad.
Manuel Vázquez-Carrera, investigador de la Universidad de Barcelona y uno de los autores del estudio, explicó que "el ácido palmítico, un ácido graso saturado muy presente en los alimentos, se asocia con una menor sensibilidad a la insulina", mientras que "el ácido oleico, abundante en el aceite de oliva, puede tener un efecto protector contra estos trastornos metabólicos".
La diabetes tipo 2 se caracteriza por la pérdida progresiva de la capacidad del organismo para responder a la insulina, la hormona que regula los niveles de glucosa en la sangre. Sin un control adecuado, la enfermedad puede derivar en complicaciones cardiovasculares, daño renal y problemas de visión.
Xavier Palomer, primer autor del artículo, detalló los mecanismos moleculares detrás del daño que provoca el ácido palmítico. Este compuesto promueve la acumulación de lípidos potencialmente tóxicos en las células, activa procesos inflamatorios crónicos de baja intensidad y altera el funcionamiento de las mitocondrias y el retículo endoplasmático, dos estructuras celulares clave para el metabolismo energético. Todos esos cambios se asocian directamente con la resistencia a la insulina.
El ácido oleico, presente en el aceite de oliva, las paltas y los frutos secos, actuaría en sentido contrario: interfiere en esos mecanismos dañinos y contribuye a preservar la sensibilidad a la insulina, lo que explicaría parte de los beneficios que los estudios asocian a la dieta mediterránea.
La diabetes tipo 2 afecta a más de 530 millones de personas en el mundo, según cifras de la Federación Internacional de Diabetes, y su prevalencia sigue en aumento. En Chile, la Encuesta Nacional de Salud ubica a la enfermedad como una de las principales condiciones crónicas entre la población adulta. El estudio de CIBERDEM respalda estrategias de prevención centradas en el tipo de grasa que se incluye en la dieta, más que en la restricción de cantidad.