Volkswagen anunció la eliminación de hasta 100.000 puestos de trabajo, cerca de uno de cada seis empleados del fabricante alemán. La reestructuración incluye el cierre de cuatro plantas en Alemania y se proyecta como uno de los mayores recortes laborales en la historia de la industria del automóvil.

La escala del plan no tiene antecedentes conocidos en la historia de la compañía, fundada en Wolfsburgo, Alemania. La crisis más grave anterior fue el escándalo del diésel de 2015, cuando Volkswagen admitió manipular pruebas de emisiones en millones de vehículos. Aquella fue una crisis judicial y reputacional. Esta es estructural.

El detonante tiene dos fuentes. La transición hacia los vehículos eléctricos tomó a Volkswagen con desventaja frente a competidores más rápidos. Y la llegada de fabricantes chinos como BYD al mercado global impuso precios que los europeos no pueden igualar sin sacrificar márgenes. La combinación de ambos factores comprimió la rentabilidad de la compañía y forzó la búsqueda de una reducción profunda de costos.

La respuesta sindical será determinante. El IG Metall, la mayor organización sindical de la industria metalúrgica y automotriz en Alemania, tiene representación en el directorio de Volkswagen. Su trayectoria de negociación ha frenado o modificado recortes anteriores, y cualquier acuerdo de esta magnitud tardará meses en formalizarse.

El mayor impacto se sentirá en las comunidades ligadas a las plantas amenazadas. Wolfsburgo, la ciudad construida en torno a la fábrica principal de la empresa, tiene en Volkswagen a su mayor empleador y una dependencia económica casi total. El plan debe recibir la aprobación del comité de trabajadores de la compañía antes de implementarse.