El eslabón débil del gobierno corporativo chileno LUIS ALBERTO ANINAT SOCIO DE ANINAT ABOGADOS Hay una paradoja silenciosa en el corazón de las empresas chilenas. El órgano al que la ley encomienda la administración superior, la fijación del rumbo estratégico y la protección de los accionistas es, con frecuencia, el menos preparado para ejercer esas funciones.

El directorio existe, sesiona, firma actas y cumple con los quórums. Pero no siempre gobierna.

El problema no son las personas, es el diseño. Los directorios chilenos están integrados, en la mayoría de los casos, por profesionales capaces y bien intencionados; sin embargo, la estructura, cultura e incentivos no son los adecuados.

Y son tres los síntomas que se repiten con llamativa regularidad. El primero, la pasividad estratégica.

La Ley de Sociedades Anónimas reserva al directorio la administración de la sociedad con las más amplias facultades, y en la práctica, esa norma convive con una realidad opuesta: los directorios aprueban lo que la gerencia propone, validan decisiones ya tomadas y rara vez ejercen el escrutinio que la ley les confía. La agenda la fija el gerente general, los informes los prepara el mismo equipo que los ejecutará y el directorio delibera sobre lo que otros decidieron.