La promesa universitaria fallida Desde que el sistema de Crédito con Aval del Estado (CAE) entró en crisis y sus consecuencias comenzaron a ser las que ya todos conocemos, uno de los aspectos más inquietantes fue el error original sobre el número de usuarios que llegaría a tener esta vía de financiamiento. Es decir, la enorme brecha que se abrió entre el número de estudiantes que teóricamente recurriría al crédito para financiar su carrera y el que efectivamente lo hizo: la proyección para los primeros ocho años elaborada en 2005 era de 35 mil personas, en los hechos fueron 350 mil, es decir, un cálculo que equivocó el monto de manera grosera.

La cifra la ha repetido en varias entrevistas Víctor Orellana, exsubsecretario de Educación Superior, quien además ha explicado que con los embargos de las cuentas corrientes de los deudores que tienen ingresos sobre los 3,5 millones de pesos no se resuelve mucho, porque dentro del total, esos deudores solo representan un 8%. No hay que ser experto como para concluir que el CAE fue una política que merecía mayor reflexión y no la tuvo, seguramente por la presión que enfrentaron las autoridades de la época para ofrecerle una opción de financiamiento a una nueva generación que exigía acceso a la educación superior.

Desde el retorno a la democracia en 1990, la matrícula de pregrado pasó de 245 mil estudiantes a 435 mil al final de la década. Si durante todo el siglo XX el porcentaje de chilenos entre los 18 y los 24 años que accedía a la educación superior apenas había pasado del 3% en los 60, a cerca del 5% de la población durante los 80, a partir de la última década del siglo XX esa tasa se incrementaría año a año hasta el 40% actual, gracias a la multiplicación de las instituciones privadas.

La nueva generación criada en democracia no presionaba por rebeldía al sistema, sino siguiendo al pie de la letra una promesa política repetida que les aseguraba un mejor porvenir a quienes lograran una carrera profesional, cualquiera fuera esa carrera y la institución que la ofrecía. La enorme cantidad de estudiantes universitarios de primera generación era un trofeo que los presidentes del momento exhibían con orgullo.

El mensaje oficial que escuchaban y leían los jóvenes del momento rezaba que tener un título profesional aseguraba mayores ingresos que los de las familias de origen de los estudiantes. Lo constataban estudios que se publicaban en diarios y revistas cuando Chile crecía sobre el 4% anual, por lo tanto, valía la pena aceptar la vía del Crédito con Aval del Estado ofrecida desde el gobierno.