Ucrania no pide a nadie elegir entre religión y polÃtica. Lo que proponemos es distinguir claramente entre la auténtica labor espiritual y los intentos de instrumentalizar la fe para fines geopolÃticos.
La guerra de Rusia contra Ucrania no se libra únicamente con misiles, tanques y drones. También se libra mediante palabras, sÃmbolos, proyectos culturales, iniciativas aparentemente humanitarias y redes de influencia construidas durante años mucho más allá de las fronteras rusas.
Lo que a menudo se denomina como âel poder blandoâ se ha convertido, en manos del Kremlin, en una herramienta de influencia polÃtica, desinformación y justificación de la agresión. América Latina no es una excepción.
Durante los últimos años hemos observado cómo Rusia utiliza centros culturales, organizaciones sociales, plataformas mediáticas y estructuras religiosas para promover narrativas favorables a sus intereses. Su objetivo es claro: presentar al agresor como vÃctima, cuestionar el derecho de Ucrania a defenderse, sembrar desconfianza hacia las instituciones democráticas y generar una percepción favorable hacia las polÃticas autoritarias del Kremlin.
Un lugar particular dentro de este sistema lo ocupa la Iglesia Ortodoxa Rusa. No se trata de cuestionar la fe ni el derecho de las personas a profesar cualquier religión.