La muerte de un niño o niña siempre produce un quiebre en el orden natural de las cosas; es una realidad que subvierte la lógica biológica y cronológica de la vida. Sin embargo, cuando ocurre de manera súbita, trágica y en el contexto de un accidente doméstico, el impacto colectivo e individual alcanza dimensiones devastadoras.
Como la reciente tragedia de la niña de dos años que cayó desde un piso 11 en Santiago, que nos sitúa como sociedad frente a frente con nuestra propia fragilidad y nos obliga a mirar de frente el abismo que se produce cuando hay un duelo excepcionalmente complejo. Aquí, el dolor original corre el riesgo de quedar sepultado bajo el peso del trauma, el juicio y la culpa.
Ante un evento de esta naturaleza, el aparato psíquico sufre una inundación violenta de estímulos que no puede procesar de inmediato. No hay tiempo de preparación, ni de despedida, ni de gradualidad.
El shock se instala como un mecanismo de defensa inicial ante lo impensable. Lo que se pierde en una muerte tan temprana no es solo su presente, también el proyecto de futuro, las potencialidades y las fantasías depositadas en su crecimiento.
La mente de quienes se quedan debe lidiar con la ausencia física y con el estallido repentino de una continuidad existencial que se ha roto para siempre. Entonces el fantasma de la culpa opera como el gran enemigo de la elaboración psíquica.