El miedo es un personaje más en Los invasores. El miedo de quienes tienen ante los que no tienen, la angustia de la clase alta frente a la posibilidad de que ese orden cómodo se quiebre de una vez. Eso es lo que el dramaturgo chileno Egon Wolff escribió hace más de seis décadas, y lo que el director Marcelo Leonart recupera en este nuevo montaje con una urgencia que incomoda.

La obra llega con una lectura contemporánea que no le teme a su propio diagnóstico: la burguesía criolla, encerrada en su mundo exclusivo, vive de espaldas a lo que ocurre más allá de sus jardines. La metáfora del "otro lado del río" sigue siendo una herida abierta. La pobreza no es abstracta, está cerca, y esa noche en la casa del empresario, la verdad llega sin aviso ni cortesía.

Leonart construye sobre el escenario una experiencia de gran densidad dramática. Trabaja con un elenco diverso en edades y registros, y eso se nota: lo actoral fluye en cada escena con un equilibrio que permite los destellos individuales sin sacrificar la acción colectiva. Silencio y estruendo, tensión lenta y eclosión repentina, todo se sucede en una maquinaria dramática que no da tregua.

Llama la atención la presencia de Paulina Urrutia, actriz de larga trayectoria en el teatro chileno. Como la esposa del empresario, construye un personaje de ansiedad acumulada: una mujer que olfatea el peligro en el aire pero no sabe nombrarlo. Sus anuncios, casi sibilinos, chocan con la llegada de una realidad que ella presentía y que ya no puede ignorar.

La escenografía amplifica ese choque: monumental y fría, habla de riqueza y exclusión al mismo tiempo. Una elegancia que no necesita palabras para marcar quién pertenece y quién no. El diseño sonoro ambiental va construyendo, de a poco, una atmósfera con textura propia que tensiona, presiona y, en los momentos más agudos, revienta.

Los invasores se estrenó en Santiago en 1963, cuando Chile atravesaba una época de aguda convulsión política. Seis décadas después, el texto de Wolff (1926-2016) mantiene intacta su capacidad de incomodar. Leonart lo lleva al escenario sin concesiones: exige del espectador exactamente lo mismo que la obra exigió a sus primeros públicos, enfrentarse a los propios miedos y a las consecuencias de ignorarlos.