En el Día Mundial del Libro Infantil, el académico de la Escuela de Psicología UAI, Claudio Araya, explica por qué el ejemplo de los padres y la constancia breve son herramientas más efectivas que la obligación para fomentar la salud mental y la empatía en los más pequeños. Imagine a un niño que, en lugar de pedir cinco minutos más frente a una pantalla, ruega por cinco minutos más de un cuento antes de dormir.
O mejor aún, imagine a ese mismo niño «atrapando» a su padre o madre sumergido en una lectura silenciosa y decidiendo, por pura curiosidad, imitar ese gesto de calma. En un mundo saturado de estímulos digitales, el acto de abrir un libro se ha convertido en un refugio de bienestar que, según la ciencia y la psicología, tiene efectos profundos no solo en el vocabulario, sino en la salud mental a largo plazo.
Hoy, en el marco del Día Mundial del Libro Infantil -fecha que conmemora el nacimiento de Hans Christian Andersen-, el foco se traslada de las aulas al hogar. Según explica Claudio Araya, académico de la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), la clave del éxito lector no está en la cantidad de páginas devoradas, sino en la sistematicidad de un hábito que puede nacer de un esfuerzo mínimo.
«Cultivar el hábito de la lectura, especialmente desde la temprana infancia, puede transformar nuestro mundo. Practicar o dedicar cinco minutos al día a leer, si lo hacemos sistemáticamente desde niños, hace que la lectura se transforme en un hábito y eso permite desarrollar habilidades que hoy son fundamentales: la imaginación, el pensamiento crítico, la reflexión y el diálogo.
Creo que vale la pena cultivar este hábito porque su valor sistemático transforma nuestras vidas y el modo en que nos relacionamos con los demás», afirma el académico. La ciencia respalda esta visión de «micropasos».