Cada 1 de mayo conmemoramos una de las luchas laborales más emblemáticas de la historia: la de quienes, en 1886, exigieron una jornada de ocho horas para trabajar, vivir y descansar. Los llamados “Mártires de Chicago” nos recuerdan que los derechos laborales no fueron concedidos, sino conquistados.

Sin embargo, cuando observamos esta fecha desde la experiencia de las mujeres, la historia se vuelve más compleja. Porque mientras el relato tradicional sitúa el trabajo en la fábrica, en el salario y en el contrato, las mujeres han trabajado siempre, sin un instrumento que lo regule.

Mucho antes de la Revolución Industrial, ya sostenían economías completas desde lo invisible: en el campo, en los oficios, en la crianza, en el cuidado. La industrialización, hacia fines del siglo XVIII, no marcó el inicio del trabajo femenino, sino su desplazamiento hacia el espacio público y remunerado.

Este tránsito abrió puertas, por ejemplo, en la autonomía económica, pero también instaló una tensión que persiste hasta hoy: la de sumar responsabilidades sin redistribuirlas. El ingreso de las mujeres al mercado laboral no vino acompañado, en la misma medida, de una reorganización social del cuidado ni de una corresponsabilidad efectiva.

Así, el derecho a trabajar se transformó, muchas veces, en una doble jornada: una que comienza en el empleo formal y continúa, silenciosa y exigente, en los hogares. Las cifras actuales reflejan parte de esta realidad: mientras la participación laboral femenina bordea el 53%, la masculina supera el 71%.