Una profunda controversia diplomática y de derechos humanos se instaló en el debate público tras el arribo al territorio nacional de los tres ciudadanos chilenos que formaban parte de la flotilla de ayuda humanitaria Global Sumud. Al aterrizar en el Aeropuerto de Santiago, los activistas Santiago Víctor Chanfreau, Carolina Eltit y Claudio Caiozzi denunciaron con severidad haber sido objeto de apremios ilegítimos y tormentos físicos por parte de las fuerzas militares de Israel tras ser interceptados en el Mar Mediterráneo mientras transportaban asistencia médica y alimentaria hacia la Franja de Gaza.
En paralelo, los afectados emitieron un duro emplazamiento político contra la administración de José Antonio Kast, tachando la respuesta de las autoridades consulares de negligente y cómplice en este 2026. El relato entregado por Víctor Chanfreau detalla que la operación de captura se ejecutó mediante el uso de buques de guerra y armamento de alto calibre en aguas internacionales, interrumpiendo una navegación que se extendía por más de un mes.
El dirigente estudiantil y social expuso que tras el abordaje de las naves humanitarias, el grupo fue trasladado hasta un buque-prisión militar donde permanecieron totalmente incomunicados y bajo dinámicas de tortura por más de 60 horas. Chanfreau argumentó que las agresiones institucionales buscan amedrentar e interrumpir los corredores de asistencia civil, fustigando además las prioridades de la política exterior de la Cancillería chilena al asegurar que frente a un secuestro de esta magnitud perpetrado por cualquier otro Estado soberano, el Ejecutivo ya habría determinado el quiebre de las relaciones diplomáticas bilaterales.
El testimonio de la tripulante Carolina Eltit complementó la gravedad de las acusaciones al confirmar que a su llegada al país registra múltiples fracturas costales producto de las golpizas sistemáticas sufridas durante el cautiverio. Eltit describió que los procedimientos coercitivos involucraban agresiones coordinadas por pelotones de cinco a diez soldados extranjeros, enfatizando que el calvario vivido se transformó en un motor para visibilizar la situación judicial de los cerca de nueve mil prisioneros palestinos que permanecen recluidos en recintos de detención israelíes.
El fotógrafo Claudio Caiozzi calificó el cautiverio como una experiencia profundamente deshumanizante y de violencia extrema, puntualizando que a pesar de los malos tratos recibidos, la agresividad ejercida por las fuerzas de ocupación opera con un “guante blanco” selectivo si se compara con los vejámenes diarios y la ausencia de debido proceso que afecta de forma generalizada a la población civil en los territorios palestinos.