El incierto futuro de los estudios jurídicos JUAN CARLOS EICHHOLZ Socio fundador de Adapsys y profesor UAI La semana pasada, el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia citó y multó a dos abogados del prestigioso estudio Garrigues luego de que en un escrito judicial invocaran varias veces una norma que no existe. El hecho fue reportado por este diario y ha generado debate en círculos de abogados, no por el error mismo, sino porque en muchos despertó la sospecha del uso de IA en la redacción del escrito.

Es como si el episodio hubiese dejado a la vista una práctica que muchos sospechan extendida, pero pocos reconocen abiertamente. La discusión merece ser llevada más allá, porque el hecho es un síntoma más de una disyuntiva profunda a la que se enfrentan cada vez más las oficinas de abogados –y las firmas de profesionales en general–, al ponerse en entredicho el modelo de aprendizaje piramidal sobre el cual se han organizado.

Históricamente, los estudios jurídicos han funcionado con una base ancha de abogados jóvenes que hacen el trabajo pesado de redactar borradores, revisar contratos y buscar jurisprudencia; y una cúpula de socios que aportan la mirada estratégica y la relación con el cliente. ¿Qué es distinto hoy?

Que una parte creciente del trabajo de esa base puede ser hecho por la IA en minutos y con un costo marginal muy bajo. “¿Qué ocurre con un modelo de cobro por hora cuando buena parte de las horas se comprime?

¿Y cómo capturar la mayor eficiencia que trae la IA sin poner en riesgo la esencia de lo que es ser un buen estudio jurídico?” El dilema, visto así, no es si se usa o no IA. Hay que incorporarla decididamente, y por eso los grandes estudios jurídicos en Chile ya tienen contratadas sofisticadas plataformas legales de IA generativa, como Harvey u otras.