Cada vez que un deportista chileno sube a un podio, millones de personas celebramos ese logro con gran alegría. Y está bien que así sea.

Los triunfos inspiran, emocionan y nos recuerdan hasta dónde puede llegar una persona cuando combina talento, esfuerzo y perseverancia. Sin embargo, en el marco del Día Olímpico vale la pena detenerse en algo que a veces pasa inadvertido: lo mejor del deporte no siempre ocurre bajo los reflectores.

Ocurre cuando un niño o una niña descubre una disciplina que lo apasiona. Cuando alguien se atreve a participar por primera vez en una corrida, una cicletada o una actividad en su barrio.

Cuando un grupo de amigos encuentra en el deporte una forma de reunirse. Cuando una familia comparte tiempo de calidad lejos de las pantallas.

O cuando una persona comprende que es capaz de llegar más lejos de lo que imaginaba. Esas historias rara vez ocupan titulares.