En una columna publicada el 20 de febrero de 2026, el autor advierte que el diseño de los algoritmos de redes sociales está impactando el neurodesarrollo de niños, niñas y adolescentes, y reclama alfabetización digital y regulaciones que pongan el desarrollo infantil en el centro. El texto enlaza la metáfora política de Hannah Arendt con hallazgos de la neurociencia para plantear que la llamada “cancelación” no es solo un problema de convivencia escolar, sino un factor que moldea cómo se aprende a sentir, juzgar y pertenecer.
Para comenzar, aclaremos términos. Algoritmo es la fórmula —en muchos casos una combinación de código y aprendizaje automático— que decide qué contenido aparece en tu feed. Neurodesarrollo es el proceso por el cual el cerebro se forma y madura desde la infancia hasta la adolescencia, incluyendo habilidades sociales como la empatía y el razonamiento moral. Cancelación se usa aquí para describir prácticas de castigo público en redes, donde la visibilidad, la reacción inmediata y la condena colectiva producen consecuencias sociales rápidas.
El autor toma la noción de banalidad del mal de Hannah Arendt, la filósofa política germano-estadounidense que analizó cómo personas «normales» pueden obrar sin pensamiento crítico, y la pone en diálogo con la psicología del diseño de plataformas. En esa intersección aparece la tesis central: los incentivos de visibilidad y reacción, diseñados para maximizar el tiempo de uso y el engagement, están externalizando el juicio crítico hacia sistemas que premian emociones fuertes y castigo público. En sus palabras, «el diagnóstico es claro: el diseño de las plataformas está interfiriendo con nuestro neurodesarrollo».
¿Por qué importa eso para Chile? Primero, porque las cifras sobre salud mental infanto-juvenil ya son una preocupación nacional, con un aumento sostenido de ansiedad, depresión y autolesiones en población joven. Segundo, porque los entornos digitales son ahora espacios centrales de socialización para niñas y niños, no solo un apéndice del recreo. Si los algoritmos priorizan el contenido que provoca ira o vergüenza, los aprendizajes sociales que antes ocurrían en contextos cara a cara pueden verse distorsionados.
Desde la neurociencia se sabe que la infancia y la adolescencia son ventanas críticas para el desarrollo de la empatía y el control de impulsos. No significa que las redes sociales sean intrínsecamente malas, pero sí que su diseño puede acelerar patrones de exposición repetida a rechazo y humillación, lo que puede reforzar respuestas emocionales rápidas en vez de reflexión pausada. Una analogía útil: es como si una sala de clases donde se aprende a debatir fuera reemplazada por un auditorio donde el micrófono se entrega al que grita más fuerte.
Las implicancias públicas son claras: esto no es solo un asunto de educación cívica en colegios, es una cuestión de salud pública y de regulación tecnológica. El autor propone, entre otras cosas, exigir una alfabetización digital que cuestione el modelo de negocios del dolor social, y promover regulaciones que prioricen el desarrollo infantil. La alfabetización digital aquí no es solo saber usar una app, es entender cómo los incentivos comerciales de las plataformas moldean comportamiento y afectos.
¿Qué herramientas concretas pueden ayudar? Políticas públicas podrían exigir transparencia sobre qué métricas empujan el contenido, límites a los algoritmos basados en engagement para menores de 18 años, ajustes por defecto que reduzcan la viralidad punitiva y programas escolares que integren pensamiento crítico y gestión emocional. En el plano internacional ya hay experiencias regulatorias, como la Ley de Servicios Digitales de la Unión Europea, que exige mayor responsabilidad a las plataformas; para Chile la discusión sería cómo adaptar esos marcos a la protección del desarrollo infantil.
También hay un riesgo para la libertad de expresión: los mecanismos de moderación y las dinámicas de cancelación pueden crear autocensura y polarización, y a la vez no son solución suficiente para el daño real que sufren quienes son objeto de hostigamiento. Por eso la respuesta debe ser equilibrada: proteger a las víctimas, preservar la deliberación pública y modificar incentivos técnicos que incentivan el castigo masivo.
La columna termina con un llamado a acciones multilaterales: educadores, profesionales de la salud mental, ingenieros, reguladores y familias deben dialogar para diseñar un entorno digital que no mate la curiosidad ni la empatía de niños y adolescentes. Para avanzar, en Chile corresponde involucrar al Ministerio de Salud, el Ministerio de Educación y la Subsecretaría de Telecomunicaciones, promover investigación local sobre efectos del diseño algorítmico en el desarrollo y discutir normas que prioricen el bienestar infantil por sobre modelos de negocio basados en la atención.
La discusión es urgente y no es puramente teórica. Si aceptamos la premisa de la columna, la pregunta práctica es qué regulación y qué enseñanza queremos hoy para que la próxima generación aprenda a pensar, no solo a reaccionar. Esa decisión determinará si las redes son herramientas de aprendizaje o máquinas de exposición que remodelan cerebros en desarrollo.