Por Fabián Pizarro Arcos China nunca no duerme del todo. Descansa, quizás, en ciclos breves, pero siempre hay una parte de ella despierta, que se mueve y progresa.

Cuando una de sus manos se detiene, la otra continúa trabajando. Cuando uno de sus ojos se cierra, el otro sigue observando.

Es una persona acostumbrada a la continuidad, a no perder el pulso, a no dejar de avanzar. Despierta antes del amanecer.

Lo hace en silencio, como quien no quiere interrumpir el flujo del tiempo. Su respiración es profunda, constante, como el curso de sus grandes ríos.

El aire que entra y sale de sus pulmones está cargado de historia: huele a tinta antigua, a hierro industrial, a tierra húmeda de cultivo, a cables de fibra óptica. Sus ojos son lo primero que se percibe.