Cuando pensamos en patrimonio, solemos imaginar iglesias antiguas, edificios históricos, ascensores, barrios tradicionales o monumentos que forman parte de nuestra memoria colectiva. Y está bien que así sea.
El patrimonio habla de aquello que una sociedad decide conservar porque considera que cuenta algo importante sobre quiénes somos. Pero existen también otros patrimonios, menos visibles, que no siempre aparecen en las postales ni en los recorridos turísticos, aunque hayan moldeado profundamente la historia de un país.
Nuestro cobre es uno de ellos. El cobre no solo ha sido el principal recurso económico de Chile, también es parte de nuestra identidad, nuestro paisaje y la forma en que el país se construyó durante gran parte del último siglo.
Hay ciudades enteras cuya historia nació y se desarrolló alrededor de la minería. Familias completas cuya movilidad social estuvo ligada al trabajo minero.
Campamentos, sindicatos, universidades técnicas, rutas ferroviarias y comunidades que crecieron al ritmo de una industria que, silenciosamente, fue moldeando el Chile moderno. Muchas veces hablamos del cobre únicamente desde las exportaciones, el crecimiento o las cifras macroeconómicas.