El huracán (todavía) lleva tu nombre: un relato de Jaime Bayly Pensé que sería un almuerzo tranquilo, sosegado, placentero. No fue así.

Con suaves modales y carácter recio, mi madre me pidió que me cortase el pelo esa misma tarde y me ajustase una faja para ocultar la barriga en la fiesta de mi hija. Una de sus empleadas me alcanzó varios ceñidores de tela, pero ninguno me quedaba, porque mamá estaba muy delgada.

En vísperas de la boda de mi hija en la ciudad del polvo y la niebla, comí con mi madre en su casa de jardines paradisíacos y me abstuve de probar los postres porque al día siguiente me exhibiría en sociedad y no quería verme tan gordo. Era un día soleado de verano.

Radiante a sus ochenta y cinco años, mi madre bendijo los alimentos y, haciendo sonar la campanilla, gobernó la mesa, mientras pequeños pájaros de pechos rojos y amarillos remojaban sus plumas en la piscina. Pensé que sería un almuerzo tranquilo, sosegado, placentero.

No fue así. Con suaves modales y carácter recio, mi madre me pidió que me cortase el pelo esa misma tarde y me ajustase una faja para ocultar la barriga en la fiesta de mi hija.