Patricio González, agroclimatólogo del Centro de Investigación de Riesgo y Agroclimatología de la Universidad de Talca, advirtió en radio Cooperativa que El Niño podría traer lluvias intensas entre julio y los primeros meses de primavera, con consecuencias que el país no está en condiciones de enfrentar.

La frase del especialista lo resume con precisión: "Las ciudades de Chile están hechas para el verano y no para el invierno". Detrás de esa afirmación hay décadas de planificación urbana que priorizó el calor y la sequía por sobre la lluvia, dejando a las ciudades con colectores de aguas lluvia insuficientes y sin defensas fluviales adecuadas.

Las consecuencias ya se han vivido. La región del Maule es uno de los territorios donde las precipitaciones concentradas han expuesto con claridad esa carencia: calles anegadas, cauces desbordados y comunidades afectadas por eventos que, en otras latitudes con mejor infraestructura, serían manejables.

La preocupación se extiende al sector agrícola. González advirtió que si las lluvias se prolongan hacia septiembre y octubre, la combinación de humedad y altas temperaturas podría dañar cultivos de exportación como cerezas, avellanos, frutales y viñas, precisamente cuando el ciclo agrícola entra en una etapa crítica.

El período más delicado sería el inicio de la primavera: entre septiembre y octubre, los viñedos y los huertos de cerezas del centro sur del país requieren condiciones estables para florecer. Lluvia excesiva en esa ventana puede comprometer una temporada completa de cosecha y los ingresos que dependen de ella.