Con los fondos agotados y deudas acumuladas con proveedores, Kelsa Torres, presidenta de la Fundación Cachupines Sin Hogar de Ovalle, enfrentó en junio una decisión imposible: no podía recibir nuevos animales si no tenía cómo asegurar la comida de los que ya estaban en el refugio.
La organización lanzó un llamado urgente en redes sociales. La respuesta ciudadana fue suficiente para saldar la deuda de junio, asegurar el alimento de julio y acumular una reserva menor para algunos días de agosto.
"Fue una desesperación horrible, porque la alimentación va de la mano con los nuevos rescates. Nosotros no podíamos recibir nuevos casos si no teníamos cómo asegurar la comida de los perros que ya estaban en el refugio", relató Torres.
Cachupines, que lleva cerca de quince años operando en la provincia de Limarí, en la Región de Coquimbo, mantiene de forma permanente alrededor de 80 perros en su refugio. La mayoría son animales adultos con antecedentes de abandono o maltrato que no lograron ser adoptados. Para ellos, la fundación es el único hogar.
La crisis expuso una fragilidad que Torres describe como estructural. Ovalle no cuenta con un refugio municipal, por lo que gran parte del rescate y cuidado de perros abandonados recae en organizaciones como Cachupines, financiadas casi por completo con aportes de privados y trabajo voluntario.
Las solicitudes de rescate llegan a diario, y cada vez que los recursos se ajustan, la fundación debe elegir entre atender una nueva emergencia o cuidar a los animales que ya tiene a su cargo. Tras la campaña de junio, la organización tiene cubierto julio pero aún busca financiar agosto, mientras trabaja en formas de sostener su operación sin depender de colectas de urgencia.