Por razones obvias, cuando se habla y discute sobre seguridad, se hace también sobre Carabineros. También por razones obvias, cuando se discute de Carabineros se debería hacer también sobre la dotación y su formación.

Ahora último las autoridades han expresado con más frecuencia el problema de la dotación y propuestas sobre la formación, pero —como es común—, ignoran puntos importantes, porque son de largo plazo y complejos. Está bien tener la intención de aumentar la dotación, pero con la intención no basta.

Hay que enfocar la discusión también en factores como la salud mental de los funcionarios, las razones para el éxodo a la seguridad privada y municipal, y en el choque entre las expectativas de las nuevas generaciones y el estilo de vida de una institución de carácter militar. Me quiero detener en esto último, porque es quizá lo más ignorado.

La policía en general, y me atrevo a decir que sobre todo la chilena, genera niveles de sentido de pertenencia institucional que no se ven en otro tipo de ocupaciones. Y esto lo buscan generar a nivel organizacional desde el comienzo: “esto no es un trabajo cualquiera, es un estilo de vida”, les suelen repetir.

Los aspirantes y alumnos introyectan ese discurso, y saben que deben hacer sacrificios que otras personas, en otras labores, no hacen. Esto, por un lado, los llena de orgullo, pero por otro, va generando cuestionamientos internos.