En los últimos meses, Chile ha visto cómo la violencia y el deterioro emocional dentro de los colegios dejaron de ser hechos aislados para transformarse en parte de la conversación pública diaria. Agresiones a docentes, estudiantes golpeados, amenazas, crisis de salud mental y comunidades educativas completas funcionando bajo tensión constante comenzaron a ocupar titulares que hace algunos años parecían excepcionales.
Pero lo más preocupante es que, pese a la gravedad de las señales, seguimos reaccionando cuando el daño ya ocurrió. Hoy existe una sensación transversal de desgaste dentro del sistema educativo.
Y no solo entre estudiantes. También entre profesores, equipos directivos y familias que sienten que la convivencia escolar se volvió cada vez más difícil de sostener.
Las cifras reflejan esa realidad. Solo en 2025 se registraron más de 22 mil denuncias en el sistema educativo chileno y más del 75% estuvieron relacionadas con convivencia escolar.
A eso se suma otro dato alarmante: 4 de cada 10 docentes declara haber sido agredido y muchos reconocen no sentirse seguros dentro de sus lugares de trabajo. Detrás de esos números hay algo todavía más profundo: comunidades educativas emocionalmente agotadas.