La cumbre del G7 comenzó el lunes 15 de junio en Francia, en medio de un escenario internacional particularmente convulso marcado por la superposición de crisis que ya no pueden analizarse por separado. En la localidad alpina de Évian-les-Bains, los líderes de las principales economías occidentales y Japón, llegan con una agenda dominada por dos conflictos centrales: la larga guerra en Ucrania y la víspera de la firma del memorándum entre Irán y Estados Unidos.
Pero lo que está en juego para el grupo de los 7 va más allá de la contingencia. Es la capacidad del bloque para sostenerse como uno cohesionado y su influencia en un mundo que se ha vuelto más fragmentado, competitivo y menos predecible.
Ucrania y Europa En ese marco, Ucrania se mantiene como el eje estructural de la discusión. La presencia del presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, en la cumbre no es solo simbólica, busca reforzar el compromiso político y material del G7 en un momento clave del conflicto.
A más de cuatro años del inicio de la guerra, el diagnóstico es complejo. Rusia no ha logrado una victoria decisiva, pero tampoco está derrotada y sus esfuerzos siguen creciendo, lo que llevó al conflicto a un escenario de desgaste prolongado.
Lo anterior obliga a los países del G7 a sostener el apoyo militar y financiero a Kiev, mientras enfrentan crecientes costos internos y presiones políticas en sus propias sociedades. En ese contexto, la discusión sobre Ucrania en el G7 entra en una fase distinta.