El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, recomendó a los jóvenes chilenos “tener cuidado de endeudarse para estudiar carreras donde a lo mejor hay menos futuro”. La declaración, enmarcada en la polémica por el cobro ejecutivo de deudas del CAE, merece una respuesta desde la academia, porque sus implicancias son más profundas que un consejo financiero.
El argumento del ministro descansa sobre una premisa no declarada pero evidente: el valor de una carrera se mide por su retorno salarial al egreso. Bajo esa lógica, disciplinas como la biología, la ecología, las ciencias básicas y las humanidades quedan automáticamente clasificadas como apuestas de riesgo.
Es una confusión entre precio y valor que tiene consecuencias graves para el país. La biología, específicamente, no es una carrera de nicho ni un lujo intelectual.
Es la disciplina que sustenta la medicina, la agricultura, la gestión de recursos hídricos, la vigilancia epidemiológica y la conservación de los ecosistemas de los que depende toda actividad económica. Chile, un país altamente biodiverso con economías extractivas fuertemente expuestas al cambio climático, necesita biólogas y biólogos con urgencia.
Los brotes de enfermedades emergentes, la crisis hídrica en el norte y centro del país, y la pérdida acelerada de biodiversidad, se resuelven con científicos formados para comprenderlos. El problema estructural que el informe de la FNE documenta no es que haya demasiados biólogos o humanistas.