Thomas Mann comprendió antes que muchos intelectuales y políticos del siglo XX cuál era el verdadero enemigo de la democracia liberal. En Doctor Faustus (1947) pone en boca del demonio una frase devastadora.
“No es la crítica lo que nosotros promovemos; eso lo hace Dios, que tanta importancia da a la razón. Lo que nosotros buscamos es la espléndida irreflexión”.
La espléndida irreflexión sigue siendo una definición notablemente precisa del clima político de nuestra época. El problema jamás ha sido la crítica.
Las democracias constitucionales descansan sobre el desacuerdo, la controversia y la deliberación racional entre proyectos rivales. La crítica obliga a justificar posiciones, somete las convicciones a examen y exige el esfuerzo incómodo de pensar.
Lo verdaderamente corrosivo aparece cuando la pulsión inmediata adquiere prestigio político, cuando el resentimiento se transforma en identidad colectiva y cuando la deliberación pública queda desplazada por reflejos tribales. En ese terreno convergen hoy los populismos radicales de derecha e izquierda, aunque se presenten como antagonistas absolutos.