En julio de 2023, en una sala segura de Silicon Valley, altos ejecutivos de Apple, Nvidia, Advanced Micro Devices y Qualcomm escucharon a funcionarios de inteligencia de Estados Unidos exponer evaluaciones que sitúan un posible ataque de China contra Taiwán en el año 2027, según un reportaje del diario The New York Times.

La presentación la encabezaron William Burns, director de la Agencia Central de Inteligencia, y Avril Haines, directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos. La Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) y la oficina de la Directora de Inteligencia Nacional (DNI, por sus siglas en inglés) son las entidades que coordinan y analizan la información de seguridad nacional en Washington.

Entre los asistentes estuvieron Tim Cook, director ejecutivo de Apple; Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia; Lisa Su, directora ejecutiva de Advanced Micro Devices; y Cristiano Amon, director ejecutivo de Qualcomm, quien participó por videoconferencia, según el NYT. Tras la sesión, Cook dijo a los funcionarios que "duermo con un ojo abierto", según el mismo medio.

Pese a la advertencia, fuentes cercanas a la industria dijeron al NYT que las empresas no realizaron pedidos significativos adicionales de chips estadounidenses después de la reunión. Ese hecho expone el dilema entre la evaluación de riesgo geopolítico y las decisiones comerciales basadas en costos y capacidades tecnológicas.

La administración de Estados Unidos ha intensificado la presión política y económica sobre las grandes tecnológicas para reducir su dependencia de Taiwán, ante el temor de un bloqueo o invasión. Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, conocida como TSMC, es la principal productora mundial de semiconductores avanzados y un eslabón crítico de la cadena de suministro global. Tim Cook se reunió el verano pasado con la Casa Blanca y comprometió 100.000 millones de dólares en inversiones en Estados Unidos para apoyar a TSMC y a otros fabricantes de chips.

Estas dinámicas no son sólo una disputa entre Washington y Beijing, sino un impulso hacia la reubicación y diversificación de la producción de semiconductores, lo que puede encarecer la fabricación y tensar las cadenas de suministro internacionales.

Para Chile y América Latina la implicancia práctica es doble. Primero, una disrupción en la producción de chips afectaría a sectores que dependen de componentes electrónicos, desde la minería automatizada hasta la industria agroexportadora y el transporte, encareciendo insumos y equipos. Segundo, el aumento de la demanda de metales como el cobre, que se emplea en la industria electrónica, puede transformar flujos de comercio y atraer mayores inversiones en minería y logística, pero también aumentar la exposición a la volatilidad geopolítica.

En términos diplomáticos, la advertencia es otro síntoma de la creciente competencia entre Estados Unidos y China por controlar tecnologías estratégicas, y obliga a gobiernos de la región a redefinir alianzas y políticas industriales. Para Chile, que busca equilibrar relaciones con Estados Unidos y China, el desafío será combinar seguridad de suministro con oportunidades de mercado sin comprometer su soberanía comercial.

El reportaje del NYT, basado en fuentes anónimas de la administración y de la industria, reaviva preguntas sobre cuándo y cómo las grandes empresas tecnológicas incorporarán riesgos geopolíticos en su planificación de inversiones. Los próximos pasos a observar incluyen nuevas políticas de exportación de Estados Unidos, movimientos de TSMC y decisiones de inversión de los gigantes de Silicon Valley, que pueden marcar el ritmo de la próxima reconfiguración de la industria global de chips.