La responsabilidad del Mandatario en las fallas del gobierno Si bien es valioso que mediante el cambio de gabinete se busque rectificar las fallas en comunicación y seguridad, el Mandatario no puede eludir su propia responsabilidad en ello, ya sea por haber designado a personas sin experiencia, o por haber desatendido la urgente agenda de seguridad. Apenas transcurridos 69 días de mandato, el Presidente José Antonio Kast se vio en la necesidad de hacer un cambio de gabinete, lo que implicó la salida de Trinidad Steinert como ministra de Seguridad, y de Mara Sedini como vocera de gobierno.
Elocuente fue que el propio Mandatario reconociera que “no era lo que tenía pensado para esta etapa de gobierno”, dejando traslucir que en ambas carteras se estaban registrando serios problemas que hacían inevitable adoptar medidas urgentes. El área de las comunicaciones y el combate a la delincuencia estaban de hecho entre las funciones más débilmente evaluadas por la ciudadanía, de modo que tampoco debería llamar la atención que Steinert y Sedini figuraran entre las ministras con peor evaluación.
A la luz de estos antecedentes, la decisión del Mandatario de abrirse a realizar ajustes en el gabinete y no seguir dilatándolo fue acertada, porque con ello de algún modo logra contener el negativo impacto que todo esto le estaba provocando al gobierno, y a su vez le permite llegar a la cuenta pública del 1 de junio con este ruido ya despejado. La pertinencia de esta decisión se refleja en que un sondeo llevado a cabo por Descifra muestra que el 88% de los consultados está de acuerdo con estos cambios -92% respaldó la remoción de la exvocera-, mientras que el 46% estima que el cambio se llevó a cabo a tiempo, contra el 40% que opina lo contrario.
Con todo, el Presidente Kast no puede pretender eludir su propia responsabilidad en este prematuro desgaste dentro de su gabinete, pues finalmente este desbarajuste fue en buena medida producto de malas decisiones de su propia autoría -los problemas en estos ministerios son a fin de cuentas inseparables del hecho de haber escogido a personas que no estaban preparadas para estos desafíos-, de lealtades mal comprendidas y de carencias en el liderazgo que se traducen en la ausencia de directrices claras y metas concretas en un ámbito tan sensible como la seguridad, lo que claramente no va de acuerdo con el propio sentido de emergencia que una y otra vez el jefe de Estado se ha encargado de recordar. Posiblemente todo lo anterior quedó muy bien reflejado en la propia ceremonia de cambio de gabinete, que por su dinámica sin duda debe haber generado sentimientos de mucha perplejidad.
En efecto, era evidente que lo que motivó el ajuste fue el mal desempeño de las dos ministras, pero el hecho de que el Mandatario dedicara largos pasajes a prodigarles conceptuosos elogios, esquivando cualquier asomo de crítica a la forma como venían funcionando estos ministerios, deja por supuesto una impresión muy equívoca, no solo porque conforme al tenor literal de sus dichos el cambio de gabinete aparecía como algo sin sentido -para qué un ajuste si el trabajo de las exministras a juicio del Presidente era irreprochable-, sino porque además se desdibuja la conducción, al privilegiar la lealtad por sobre lo que ante todo debió haber sido una instancia para dejar en claro las razones del cambio en los ministerios, y no para brindar homenajes. Sin embargo, es claro que en el caso del Ministerio de Seguridad los problemas van más allá de las dificultades que tuvo la exministra para ejercer el liderazgo.