La reciente cifra de desocupación entregada por el Instituto Nacional de Estadísticas, que alcanza un 8,3% en el trimestre noviembre 2025-enero 2026, cierra un ciclo marcado por una persistente debilidad del mercado laboral. Más de tres años con tasas por sobre el 8%, y un 9% en el caso de las mujeres, no son solo números, sino la expresión de un problema estructural que el país no ha logrado resolver.

El desempleo no surge de manera aislada. Es el reflejo de una economía que ha crecido con dificultad y de un entorno donde la inversión no ha logrado recuperar dinamismo.

La creación de empleo ha sido insuficiente para absorber el aumento de la fuerza de trabajo, y una parte importante de los puestos generados corresponde a ocupaciones informales o de menor calidad. Detrás de esta realidad se combinan factores como la incertidumbre regulatoria, los mayores costos laborales y un clima económico que, por distintos motivos, no ha favorecido decisiones de inversión de largo plazo.

Sin embargo, más allá del diagnóstico, el desafío está en la capacidad de proyectar soluciones. Recuperar el empleo no pasa por medidas aisladas, sino por reconstruir un entorno que incentive la actividad económica de manera sostenida.

En ese sentido, avanzar hacia procesos más ágiles en la aprobación de proyectos, otorgar mayor certeza en las reglas del juego y fortalecer la confianza entre el sector público y privado son condiciones básicas para reactivar la inversión. Al mismo tiempo, es necesario mirar el mercado laboral con una perspectiva más flexible y moderna.