Un enamorado de la muerte: los últimos días de Jorge Teillier En una casa sencilla de Cabildo, lejos de los ruidos del siglo, el poeta de los gatos silenciosos y la mirada pueblerina tejió su despedida. Entre el llantén del doctor Charlín y la sombra de la cirrosis, Teillier habitó ese rincón donde el tiempo se detiene a escuchar el paso del agua.
Lo recordamos hoy, a 30 años de su partida. En sus últimos años, el poeta Jorge Teillier Sandoval vivió cerca de La Quintrala.
En rigor, a un tiro de piedra del sector llamado El Molino de Ingenio, que en un tiempo anterior perteneció justamente a la célebre Catalina de los Ríos y Lísperguer. Pero lejos de leyendas coloniales de azotes, rituales y venganzas, en esos parajes de Cabildo, al interior de la Región de Valparaíso, Teillier residió en una sencilla casa de madera, quizás buscando el contacto directo con aquellos elementos propios del mundo rural, esos que solo los callos de las manos cuentan la verdad.
Tenía 16 gatos pero solo cuidaba a uno llamado Pedro, contó al programa El Mirador, de TVN, a inicios de los 90. “Creo que vivir de lo cotidiano es bastante esencial, las pequeñas cosas, el pequeño mundo”, dijo en aquella ocasión.
Un poco definiendo su vida, pero también ese universo que lo hizo conectar con los lectores, que acaso buscaron en su poesía un refugio a los vicios del mundo moderno. Para entonces, Teillier era un nombre instalado dentro del (enorme) panteón de la poesía chilena, ese cuyos nombres capitales son Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Nicanor Parra y Pablo Neruda, pero justo un peldaño más abajo está Teillier (junto a otros como Elvira Hernández, Gonzalo Rojas o Enrique Lihn).