El examen era el mismo para los dos estudiantes. Lo que cada uno tenía a su disposición para responderlo no podía ser más distinto.

Según informó CIPER, la irrupción de la inteligencia artificial en la educación superior no inventó la desigualdad entre universitarios chilenos, pero sí la está profundizando de formas concretas. La diferencia ya no está solo en quién llegó mejor preparado al aula, sino también en quién puede pagar una suscripción mensual a herramientas de IA.

El caso que describe el análisis es revelador. Un estudiante de primer año de Ingeniería Comercial en Las Condes toma una foto de una pregunta de examen, la sube a la versión de pago de ChatGPT y recibe en treinta segundos tres párrafos sobre la curva de Laffer, el modelo económico que describe la relación entre tasas impositivas y recaudación fiscal, con implicancias para la política pública. Solo necesita un par de ajustes. A esa misma hora, una estudiante de la misma carrera en una universidad estatal de Temuco resuelve el mismo ejercicio con un notebook de casi diez años, una conexión a internet compartida con dos hermanos y sin suscripción a ningún modelo premium de inteligencia artificial. Para ella, el resultado depende de lo que estudió y de que la señal aguante.

Lo que se mide en ese examen ya no es lo mismo para los dos.

CIPER apunta a algo que las universidades han evitado reconocer: ningún estudiante llega a la educación superior desde cero. Cada uno entra cargando la desigualdad que acumuló antes, marcada en buena parte por su origen socioeconómico. La universidad hereda esa brecha sin hacerse cargo de ella, y evalúa a todos como si hubieran partido del mismo punto. La IA generativa está convirtiendo esa premisa en algo imposible de sostener.

El problema tampoco nació con la inteligencia artificial. La segregación del sistema escolar quedó documentada durante el debate de la Ley de Inclusión Escolar, donde el propio Ministerio de Educación reconoció que los estudiantes llegan a las aulas con desventajas estructurales acumuladas desde la infancia. Lo que cambió con la IA es la velocidad con que esa brecha se hace visible y la dificultad para negarla cuando la diferencia tecnológica se mide en segundos.

La solución, según lo publicado por CIPER, no pasa por prohibir las herramientas, sino por reformar los sistemas de evaluación para que midan el pensamiento crítico y no el acceso a tecnologías de pago. «La inteligencia artificial no se va a ir de las aulas. Su integración será tan profunda como lo fue la de internet», concluye el análisis. La pregunta para las universidades chilenas ya no es si sus estudiantes la usan. Es qué van a hacer con eso.