El estudio realizado a cerca de 800 escolares de Arica confirma una realidad incómoda que muchos prefieren suavizar con eufemismos: tenemos una crisis emocional instalada en las salas de clases. Niñas con mayores niveles de ansiedad, depresión, quejas somáticas y problemas de control de la ira; niños con más agresividad y conducta antisocial en enseñanza media.

No estamos frente a un dato aislado, sino ante una señal de alarma sobre cómo estamos formando âo dejando de formarâ a nuestros niños y adolescentes. Como diputada, mamá y profesora de Historia, me preocupa profundamente que una generación completa se esté desarrollando con crecientes dificultades para tolerar la frustración, enfrentar el conflicto, respetar lÃmites y comprender que no todo malestar puede ser resuelto por el Estado, el colegio o una nueva polÃtica pública.

La salud mental infantil debe tomarse con absoluta seriedad, pero eso no significa convertir cada problema en una consigna ni esconder la responsabilidad de los adultos. Durante años se ha debilitado la autoridad de los padres, se ha relativizado la disciplina en los colegios y se ha instalado la idea de que exigir, corregir o poner lÃmites es casi una forma de violencia.

El resultado está a la vista: estudiantes más ansiosos, más irritables, más frágiles frente a la adversidad y, muchas veces, más solos. Los colegios no pueden reemplazar a la familia, pero tampoco pueden hacer la vista gorda cuando la convivencia escolar se deteriora o cuando los alumnos necesitan contención, orden y orientación.

También preocupa que muchos escolares declaren sentirse discriminados por su peso, estatura, edad u otras caracterÃsticas fÃsicas. Eso exige una reflexión seria sobre el ambiente cultural que estamos construyendo, uno donde la imagen pesa demasiado, la comparación es permanente y la autoestima de los niños queda expuesta a redes sociales, modas y discursos que muchas veces los confunden más de lo que los ayudan.