Mayo nos deja dos fechas que rara vez se leen juntas: el Día del Trabajador y la Trabajadora y, en un plano más familiar y comercial, el Día de las Madres. Ponerlas en diálogo evidencia una tensión que sigue sin resolverse.

Por una parte, reivindicamos los derechos laborales; por otra, celebramos la maternidad como un valor social. Sin embargo, cuando ambas experiencias se cruzan, no siempre prima el reconocimiento, a veces aparece la sanción social y el rezago en derechos y oportunidades.

Décadas de estudio siguen mostrando que las mujeres se concentran en empleos más precarios, menos valorados social y económicamente y, por tanto, con menores salarios. Además, en tiempos de crisis, son ellas quienes primero se ven golpeadas por el desempleo.

Todas estas inequidades se profundizan cuando las mujeres maternan. Para muchas personas, el problema central es la “conciliación” trabajo y familia.

Por cierto, hay mucho de eso. Pero seguir afirmando que solo se trata de conciliar es engañoso, incluso a la luz de la experiencia de países que llevan décadas implementando políticas en la materia.