Chile vive un cambio demográfico profundo. Los datos del Censo de Población y Vivienda 2024 lo confirman con una cifra que obliga a repensar la arquitectura cotidiana: el 14% de los chilenos tiene más de 65 años, y ya existen 79 adultos mayores por cada 100 menores de 14. El país envejece, y sus casas todavía no lo saben.

El riesgo más inmediato está donde menos se espera. Según el Servicio Nacional del Adulto Mayor (Senama), el 43% de las caídas de personas mayores ocurre dentro del hogar, especialmente en baños y escaleras. El Ministerio de Salud agrega una cifra que duele: uno de cada tres adultos mayores cae al menos una vez al año, y el 40% de ellos permanece más de una hora en el suelo antes de recibir ayuda. Las modificaciones hechas a último momento suelen ser costosas y, en muchos casos, crean una falsa sensación de seguridad.

La arquitecta Andrea Boudeguer, directora de BAU Accesibilidad Universal, tiene nombre para ese fenómeno: trampas habitacionales. Pasillos estrechos, tinas sin soporte, escalones sin contraste visual. El hogar que debiera ser refugio termina siendo el espacio más peligroso para quien envejece dentro de él. "Diseñar con principios de diseño universal desde el origen no solo previene accidentes y dignifica, sino que evita que el entorno termine expulsando a las personas de su propio hogar", señala Boudeguer.

El problema tiene una dimensión legal que lo agrava. En Chile, la normativa obliga a los edificios de departamentos a cumplir estándares de accesibilidad en espacios comunes y accesos, pero esa exigencia se detiene en la puerta de cada unidad. Lo interior queda sin regulación. Jocelyn Meneses, gerente comercial de Echeverría Izquierdo, una de las principales inmobiliarias del país, advierte que esta ausencia normativa deja a las personas con movilidad reducida sin opciones reales en el mercado.

La solución que propone la industria es la arquitectura flexible: viviendas construidas desde el origen con muros preparados para futuros anclajes, accesos a nivel de piso sin desniveles y espacios dimensionados para la circulación de una silla de ruedas. Sin obras mayores posteriores, sin costos que golpeen el presupuesto familiar. Una vivienda que pueda adaptarse a quien la habita, en lugar de obligar a quien la habita a adaptarse a ella.