A este lado de la cordillera, la pasión por la Selección Argentina de fútbol bien puede ser descrita como una carga. Los que seguimos a la albiceleste lo padecemos en silencio: cuando quedamos al descubierto, nuestros interlocutores muchas veces nos miran con distancia y extrañeza, con rechazo e inquina, como si algo generara les desconfianza o una prueba irrevocable de sospecha.
Quienes somos lo suficientemente viejos para haber visto jugar a Maradona, recordaremos épocas más duras que esta, como cuando en los noventa el ‘antiargentinismo’ era norma en Chile y en pauta de los medios masivos. Por esos dÃas, los goles de Batistuta, de Caniggia o del Piojo López era preferible gritarlos en la soledad de un sofá, o para los adentros cuando algún compacto mostraba los brÃos del Burro Ortega o el último hechizo de la Bruja Verón.
En la larga y angosta faja, por esos años y todavÃa hoy, mostrar predilección por la albiceleste era más bien una afrenta y un gesto, por lo bajo, poco nacionalista. Más aún cuando la dupla “Sa-Za” y una generación inolvidable de jugadores ponÃa a Chile de vuelta en los mundiales en 1998.
O cuando nombres como David Pizarro se hacÃan espacio en Europa con la soltura habitual de los trasandinos. En rigor, no se trataba de un sentido de pertenencia tardÃa, ni tampoco de un rechazo al paÃs de origen: era, más bien, una apreciación artÃstica.
Una lección y elección de estilo. En la pantalla de TV, el fútbol de Argentina era una pelÃcula de colores nÃtidos y trama envolvente.